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Por: Actual Inmobiliaria / 16 de febrero 2017
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DIME DÓNDE VIVES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES…

Por casualidad, me encontré con un estudio realizado hace 150 años por un médico italiano, donde describía cómo el clima influía en la personalidad de las personas y lo ejemplificaba en la realidad chilena. A raíz de dicha investigación, surgió un debate entre los científicos de la época. Algunos decían que los santiaguinos eran tan flemáticos e indiferentes, como los ingleses. Otros, opinaban que eran más “livianos de sangre”, es decir, se destacaban por su carácter amable.

Extrapolado a la realidad actual, creo que más bien somos un tanto “bipolares” y, eso, a causa de nuestras dos estaciones extremas. Porque en la capital de Chile casi no hay otoño ni primavera. De un invierno frío, pasamos directamente a un verano de calor seco. Y eso, claramente, afecta nuestro estado de ánimo.

Llega el verano
Cuando se aproximan los últimos meses del año, los capitalinos se transforman y rebosan de alegría. Aman despojarse de abrigos y parcas. La mayoría abandona ese carácter un tanto hosco y se prepara para el verano y las ansiadas vacaciones. Es que, por lo general, quienes viven en Santiago odian la estación fría. Y eso que debido al calentamiento global, las lluvias son más bien escasas entre abril y septiembre. Salvo por los niños, a quienes les encanta jugar en los charcos, el resto de los ciudadanos parece de azúcar (¡se derriten con el agua!). Incluso reniegan de muchas actividades durante los días de lluvia. Es cierto, eso sí, que nuestra urbe no está aún preparada para las intensas precipitaciones. Y es muy probable que ocurran inundaciones tanto dentro de la casa, como fuera de ella.

Grados de felicidad
En algunos lugares del sur chileno, donde por latitud llueve 200 días al año, las personas se han adaptado al clima y no se hacen problemas. Y si de carácter se trata, son mucho más cálidos que los capitalinos.

Pero volviendo al tema de quienes viven en Santiago, en verano también hay factores ambientales que tienden a disminuir los grados de felicidad de las personas. Aparte de los más de 30 grados de temperatura que hacen arder el pavimento de la ciudad, está el colapso de fin de año. El estrés del término de las clases escolares y de las compras navideñas se contagia rápidamente entre la comunidad.

Entonces, miro a algunas de nuestras naciones vecinas y me pregunto, ¿por qué quiénes viven más cerca del trópico parecen más alegres y de buen humor? ¿Tendrá que ver lo estable de su clima durante todo el año? Porque nadie puede negar, por ejemplo, que los colombianos llaman la atención por su cordialidad y alegría. Pareciera que siempre quisieran cantar y bailar.

Cordialidad caribeña
¡Qué ganas de que nos convidaran un poco de ese carácter! Muchos santiaguinos huraños y apáticos necesitarían una dosis de esa cordialidad caribeña. Se supone que los latinos nos distinguimos por ser afables y gozadores, pero a veces la gran urbe —con su contaminación, congestión vehicular y temperaturas extremas— nos traga y enferma.

Ahora, que es tiempo de vacaciones y muchos abandonamos la ciudad, aprovechemos de empaparnos del espíritu de otras realidades. Hay que contagiarse de la sabiduría de quienes viven en una caleta de pescadores, en un pueblo rural o en una aldea altiplánica. De turista en el extranjero o en una playa de la costa, recarguémonos de energía, para así, volver a nuestros hogares de buen humor. De esta manera, las grandes ciudades ya no serán un lugar lleno de gente tóxica. Depende de nosotros darle una cara amable. Porque, en definitiva, son los habitantes quienes conforman la identidad de un lugar. Haga frío o calor. El clima es solo un detalle.